¡Buenos días! Cuando os cuentan la historia original del día de Pentecostés sin conocer el contexto, te juro que parece el guion de una peli de Marvel o de ciencia ficción. Ya verás, imagina la escena: después de la muerte de Jesús, sus mejores amigos están encerrados a cal y canto en una casa. Tienen pánico de correr la misma suerte que él. Su líder ya no está con ellos y piensan que ahí fuera se los van a comer vivos. Están bloqueados, paralizados por el miedo al qué dirán y a lo que les pueda pasar. De repente, la casa se llena de un ruido y un viento muy fuerte, como si un huracán de categoría cinco pasara por el salón. Acto seguido, aparecen como unas llamas de fuego que se posan sobre la cabeza de cada uno y, sin saber cómo, empiezan a hablar idiomas que no habían estudiado en su vida. De golpe, el miedo desaparece. Abren las puertas de par en par, salen a la calle a comerse el mundo y los visitantes extranjeros, de un montón de países distintos, que pasaban por allí los entiende...
¡Buenos días! «Soy valiente, pero a veces tengo miedo», «soy buena persona, pero soy egoísta», «necesito encajar, pero quiero ser yo misma»... A veces nuestra cabeza es un caos de voces que nos exigen demasiado y nos ahogan, igual que le pasa a Riley en ese ataque de ansiedad. La verdad es que el Espíritu Santo se parece muchísimo a ese abrazo que le da Alegría a todas las versiones contradictorias de Riley. Es esa fuerza interior, ese amor incondicional de Dios que te abraza tal y como eres, con tus luces y tus sombras, y que en medio de tu peor tormenta te devuelve la paz para que puedas salir ahí fuera sin miedo a ser tú mismo o tú misma. Todos merecemos ese abrazo y todos podemos experimentarlo, porque el Espíritu Santo es un regalo para todos aquellos que lo pidan de corazón. ¿Qué me dices? ¿Lo pedirás? Que tengas un buen día.