Todo empezó con una familia que vino de otro pueblo para empadronarse, lejos de los suyos, sin nadie. No recuerdo bien de dónde eran; si de Nazaret, de Casablanca, de Bucarest o de Quito. En aquel pueblo había posaderos que no permitieron alojarse a esta familia necesitada. Era una sociedad donde primaba lo económico y no lo humano; que dejaba al margen a personas con adicciones o con problemas mentales. Era mejor que dejasen limpia la ciudad y se queden en las afueras. Menos mal que encontraron un portal que les acogió. ¡Mira que era feo y que no tenía casi nada! Su buey, su mula y un poco de paja. Ese portal ofreció lo que tenía –como aquellos vecinos que invitan a los del barrio para hacerse compañía, compartir y celebrar esa noche que parecía que iba ser especial. En esta historia también hubo ángeles que anunciaron que algo nuevo está por llegar. Gente que alegra la vida a otros, que los animan, que invierten su tiempo acompañando en una residencia de ancianos intentando que esos ...
Y, a veces, todo es tan sencillo como escuchar el viento que sopla por nosotros y extender con fuerza las alas.