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Enfocar: Pentecostés


No fue solo aquel día lejano en que un grupo de discípulos asustados se sintieron fuertes, unos hombres sencillos se supieron sabios y hablaron con palabras de Dios. Es hoy, en ti y en mí. 
No es paloma ni llama ardiente, y tal vez no nos lanza al medio de la multitud a dar gritos.
A veces no sé verlo. Pero en otras ocasiones siento de verdad que está ahí. Tu espíritu que me ayuda a reírme de mí mismo cuando me pongo imposible. Es presencia y cercanía. Si le dejo guiarme no me siento solo. A veces le silencio, pero sigue ahí, paciente, siempre, esperando. Está dentro de mí, sin anularme. Es compañía y refugio,  fortaleza y misterio, emoción y tormenta.
Y ese espíritu actúa en nosotros y a través nuestro.  En el momento en que  alguien cae y es capaz de levantarse. En las víctimas inocentes que sienten renacer la esperanza. Siempre que el perdón tiene la última palabra. En el encuentro que se produce cuando el solitario encuentra quien le escuche. Es el amor que da sin exigir nada a cambio. Está en medio cuando la camaradería, y la risa, y el gusto por estar con otros incluye a todos. Se deja ver si callan las palabras y hablan los abrazos. Sonríe cuando dejamos marchar el rencor y las heridas viejas. Es maestro que nos enseña a querernos frágiles y contradictorios; nuestro acicate cuando, pese al miedo o al conflicto, nos levantamos para plantar cara a lo injusto.

Si miro alrededor, ¿a qué podría llamar espíritu de Dios? ¿Sé reconocerlo en algún sitio, o alguna persona?

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