¡Buenos días!
Imagínate la escena: es viernes por la tarde y vas tardísimo. Has quedado con tus amigos y te están llenando el grupo de WhatsApp con mensajes de «¿Dónde estás?» y «Date prisa». Vas caminando a toda velocidad cuando, de repente, ves a una persona que tropieza y se le cae la bolsa de la compra. Manzanas, naranjas, latas y un cartón de leche acaban rodando por toda la acera...
En ese microsegundo, tu cerebro procesa la situación y te plantea varias opciones:
- Esquivas las cosas, murmuras un «perdón» sin mirar atrás y sigues a lo tuyo. Vas con el tiempo justo, seguro que la ayudarán las otras personas de la calle.
- Frenas el paso un segundo. Te da lástima verla ahí agachada intentando recogerlo todo, pero miras el reloj. Te justificas pensando: «Qué faena, pero es que llego tarde» y sigues caminando, aunque te quedas con un runrún por dentro.
- Suspiras, avisas por el grupo de que vas a tardar cinco minutos más, te agachas y te pones a recoger latas por el suelo, aunque no te apetezca nada frenar tu ritmo.
Dependiendo del día o del estrés que llevemos, es muy fácil que nuestra mente nos empuje hacia las primeras opciones porque no podemos evitar esa pereza que nos hace pensar: «Qué palo» o «No es mi problema».
Pero oye, en cierto modo, es normal. La pereza funciona como una especie de modo «ahorro de energía» de nuestro cerebro. Te dice que no te compliques, que tú ya tienes tus propias prisas y tus propios asuntos. Es como llevar la cancelación de ruido activada en los auriculares: te aísla para que vayas a lo tuyo. El problema es que, si te acostumbras a vivir siempre con la cancelación de ruido puesta, te pierdes la vida real que pasa a tu alrededor.
Pringarse por los demás, eso que llamamos caridad, casi siempre es inoportuno. Exige romper tus planes, llegar tarde, dar tu tiempo. Pero aquí viene lo interesante: cuando vences esa barrera de pura pereza, te agachas, le das la última manzana a esa persona y esta te mira a los ojos para darte las gracias, algo cambia. Has dedicado tres minutos de tu tarde, sí, pero de repente llegas a tu cita sintiéndote mucho más vivo, más útil y con otra energía.
Hoy, inevitablemente, te vas a cruzar con alguna oportunidad de ayudar a tu alrededor. Puede ser alguien en el pasillo, un amigo que necesita que le escuchen o alguien en tu casa. La pereza y la prisa van a tirar de ti para que pases de largo. Pero ¿qué pasaría si pararas tu reloj para regalarle tiempo a los demás?
Que tengas un buen día.

Comentarios
Publicar un comentario
Comparte tu opinión de manera responsable y evita el anonimato: Escribe tu nombre, el curso y tu cole gabrielista. Muchas gracias.