¡Buenos días!
Hace mucho tiempo, en un poblado que sufría el invierno más salvaje de su historia, la gente empezó a desesperarse por el frío. Los sabios del lugar decidieron organizar una expedición desesperada: enviaron a los más fuertes a cruzar glaciares y montañas lejanas para buscar el famoso «Fuego Sagrado», una llama mítica que decían que nunca se apagaba. Los héroes se fueron, y los que se quedaron pasaban los días mirando por la ventana, congelándose, esperando a que alguien volviera para salvarlos. Un chaval, harto de esperar y viendo que su hermana pequeña no dejaba de temblar, dejó de mirar al horizonte, la abrazó y empezó a frotarle las manos con fuerza. Al verlos, su madre se acercó para abrazarlos a los dos, y luego un vecino que vivía solo. De repente, de la fricción de esas manos y del calor de esos abrazos, saltó una chispa brillante en el centro del grupo. ¡Resulta que el Fuego Sagrado no estaba escondido en ninguna montaña épica! Solo se encendía cuando la gente decidía dejar de esperar milagros y empezaba a cuidarse mutuamente bajo su propio techo.
A nosotros puede pasarnos algo parecido. Nos gusta la idea de salvar el mundo. Vemos campañas en redes, compartimos posts sobre desastres en la otra punta del planeta y pensamos: «Ojalá pudiera ayudar». Y ojo, eso está genial. Pero, antes de cruzar medio mundo, me pregunto si la verdadera prueba de fuego se juega en tu casa y en tu clase. Pues me parece que de poco sirve querer salvar los océanos si luego tratas a voces a tu madre cuando te pide que recojas tu habitación. De nada sirve emocionarte con un vídeo solidario si pasas olímpicamente del compañero que hoy está comiendo solo en el patio. ¿No crees?
La caridad empieza en casa y en tu entorno diario. Si de verdad quieres escuchar esa voz interior que te pide que te levantes y actúes, no hace falta que te compres un billete de avión al fin del mundo. Empieza hoy, cambiando tu mirada en el pasillo, en el comedor o en tu propia habitación. Pregúntale a tu familia qué tal le ha ido el día, ayuda a tus abuelos con el teléfono o échale un cable al que no entiende algo que tú sí. Atrévete a mirar a los tuyos de otra forma; es el primer paso para que todo lo demás empiece a cambiar. Dime, ¿qué pasaría si miraras a los demás como Jesús miraba a la gente? ¿Lo probamos?
Que tengas un buen día.

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