Ese santuario al que peregrinaron se dedicaba a la Virgen de los Dolores. Es decir, a la versión de María que sabe perfectamente lo que es sufrir por ver el dolor de un hijo. María Luisa conectó con esa Madre del cielo porque las dos sabían lo que era estar al pie del cañón viendo sufrir a alguien amado. A veces, la fe no es un truco de magia para esquivar los problemas, sino confiar en esa Madre que entiende tu dolor, que se queda a tu lado en la habitación oscura y que te da la fuerza para levantarte y levantar a otros. Dime: ¿cuando el dolor aprieta de verdad y parece que no hay salida, ¿en qué o en quién buscas tu fuerza o tu "milagro"?, ¿le dejas un lugar a María?
¡Buenos días!
Hoy es un día marcado en el calendario de nuestro colegio, porque recordamos a la beata María Luisa Trichet, la gran compañera de aventuras de San Luis María de Montfort. Por ello, te voy a contar una historia de cuando ella era pequeña:
Estamos en la Francia del siglo XVII. María Luisa tenía unos diez años y ya había visto cómo dos de sus hermanos pequeños morían por enfermedades de la época. Por si fuera poco, su hermana mayor, Juana, que tenía trece años, contrajo una enfermedad que la dejó de repente en una parálisis total. De la noche al día, María Luisa vio cómo su hermana Juana se quedaba atrapada en su propio cuerpo, sin poder siquiera llevarse un vaso de agua a la boca. Los médicos, con sus trajes oscuros y sus remedios antiguos, no sabían qué hacer y la dieron por perdida. La casa de los Trichet entró en un túnel oscuro que duró cuatro largos años.
Durante este tiempo, mientras otros chicos de su edad jugaban y hacían su vida, María Luisa salía de la escuela e iba directa a la habitación de su hermana. Día tras día, año tras año. Aprendió a darle de comer con muchísima paciencia, a colocarle las almohadas para que no le doliera el cuerpo, a inventar juegos para distraerla y, sobre todo, a acompañarla y consolarla en silencio. Fueron años durísimos, viendo sufrir a alguien que quería. Pero ahí ocurrió algo que ni siquiera María Luisa era capaz de ver: sin darse cuenta, se estaba entrenando. Esa sensibilidad, ese aprender a cuidar de manera invisible y sin esperar aplausos, configuró su carácter. Fue exactamente esa "práctica" en el cuarto de su casa la que, años más tarde, le daría la fuerza para vivir en los peores hospitales limpiando heridas y cuidando a los enfermos que nadie quería. Y más adelante, le daría también la fuerza para abrir escuelas para las niñas sin recursos.
¿Y con Juana qué pasó? Pues mira, tras cuatro años de parálisis, la familia, agotada pero sin perder la confianza, la llevó en peregrinación a Saumur, al santuario de Nuestra Señora des Ardilliers. Tras hacer una novena (una oración de 9 días dedicada a una causa concreta), de repente Juana sintió un dolor intensísimo, como si sus músculos se estiraran de golpe. Pidió agua y, ante la cara alucinada de todos, cogió el vaso ella misma. Días después volvía a su ciudad caminando. Fue un milagro que quedó documentado por los médicos y el obispo de la época. Y que marcó para siempre la vida de la joven María Luisa.
Dime: ¿te has parado a pensar que las situaciones más difíciles o pesadas que te toca vivir hoy pueden ser el "entrenamiento" invisible para sacar tu mejor versión del mañana?
En tu día a día, en tu casa o con tus amigos, ¿a quién cuidas tú de manera discreta cuando las cosas se ponen feas?
Que tengas un buen día.
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