¡Buenos días!
El Evangelio de este domingo nos presenta la historia de una mujer que cambió la vida de miles de personas. Resulta que Jesús va caminando por Samaria (un territorio que los judíos evitaban porque los habitantes de allí los odiaban, se llevaban fatal). En este contexto, Jesús se sienta cansado junto a un pozo y le pide agua a una mujer de allí. En este punto ya vemos cómo Jesús se salta todas las normas sociales de su época para hablar con alguien diferente y “enemigo”, y encima mujer (recuerda que en esa época las mujeres tenían los mismos derechos que los esclavos). A partir de ahí, tienen una conversación muy profunda. La samaritana iba todos los días a sacar agua de ese pozo porque siempre volvía a tener sed, y entonces Jesús le ofrece un «agua viva» con la que no tendrá sed jamás.
Paremos un momento, ¿por qué le habla precisamente de agua? Pues porque, para esa mujer, ir al pozo representaba la rutina pesada de su vida, tener que buscar constantemente algo para ir tirando, para sobrevivir. Al ofrecerle «agua viva», Jesús le está dejando claro de qué va su mensaje: «Conmigo ya no se trata de buscar parches temporales que te dejan igual de sedienta y vacía al rato; se trata de una felicidad que te llena por dentro para siempre». Bien, continuemos.
La mujer, flipando un poco por la propuesta de esa «agua viva», le suelta: «A ver, Señor, si no tienes ni un cubo y el pozo es superhondo, ¿de dónde sacas tú esa agua? ¡Pues venga, dame de esa agua y así no tendré que venir más hasta aquí!». Y así, en ese momento, aparece el “atajo”, la solución rápida para no tener que esforzarse más, ese “inmediato” que tanto nos gusta, ¿verdad? Pero entonces, la conversación sube de nivel. Jesús le demuestra que conoce toda su historia personal, sus errores y las cosas que la atan, y todo ello sin juzgarla. Ella, alucinando al ver que la entiende tan bien, le dice: «Sé que va a venir el Mesías; cuando venga, él nos lo explicará todo». Y Jesús, directamente, le dice: «Soy yo, el que habla contigo».
Impactada al reconocer a ese Mesías en esa voz y por todo lo que le ha dicho, la samaritana suelta su cántaro en el suelo —olvidándose de lo que había ido a hacer—, se levanta y se va corriendo al pueblo a contar que ha encontrado a alguien que le ha cambiado la vida y ha puesto fin a su sed. Toca dejar la rutina atrás y empezar una vida nueva, una con un sentido diferente, una que se mueve por la seguridad de sentirse amado y acompañado en todo momento y en todo lugar.
En realidad, todos tenemos sed. Sed de sentirnos queridos, de encajar, de que nos valoren, de tener una buena vida, de encontrar nuestro sitio en el mundo... Y para calmar esa sed, a veces vamos a «pozos» que nos sacian al momento, pero que al poco vuelven a dejarnos vacíos: redes sociales, aparentar, comprar, comer, jugar, relaciones tóxicas o por interés; para aparentar ser quienes no somos; o nos atamos a hábitos que nos adormecen. Bebemos de ahí, pero al rato seguimos teniendo la misma sed.
- ¿Reconoces algún pozo en tu vida?, ¿reconoces qué sed quieres saciar?
Este relato en Cuaresma te invita a revisar esos pozos que has nombrado o pensado. Y, si es necesario, atreverte a soltar tu cántaro para escuchar esa voz que te ofrece algo mejor y para siempre. ¿Te atreves a beber «agua viva»?
Hoy, en el día Internacional de la Mujer, recordamos a la samaritana que, con su amor dió a conocer a Jesús sin miedo ni reparos a ser rechazada. Puede que tengamos mucho que aprender de su valentía y su fortaleza.
Que tengas un buen día.
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