¡Buenos días!
Cuando os cuentan la historia original del día de Pentecostés sin conocer el contexto, te juro que parece el guion de una peli de Marvel o de ciencia ficción. Ya verás, imagina la escena: después de la muerte de Jesús, sus mejores amigos están encerrados a cal y canto en una casa. Tienen pánico de correr la misma suerte que él. Su líder ya no está con ellos y piensan que ahí fuera se los van a comer vivos. Están bloqueados, paralizados por el miedo al qué dirán y a lo que les pueda pasar.
De repente, la casa se llena de un ruido y un viento muy fuerte, como si un huracán de categoría cinco pasara por el salón. Acto seguido, aparecen como unas llamas de fuego que se posan sobre la cabeza de cada uno y, sin saber cómo, empiezan a hablar idiomas que no habían estudiado en su vida. De golpe, el miedo desaparece. Abren las puertas de par en par, salen a la calle a comerse el mundo y los visitantes extranjeros, de un montón de países distintos, que pasaban por allí los entienden a la perfección. Fin de la escena.
Suena muy loco, ¿verdad? Pero, en realidad, esta historia increíble quiere explicar la experiencia de esos discípulos a través de sus emociones y sentidos. Y es que el Espíritu Santo se manifiesta a través de un «emocionario» que tú y yo vivimos hoy.
Fíjate primero en el viento. Representa la sorpresa, la incertidumbre. El viento no lo puedes controlar: te despeina, te saca de tu zona de confort y te empuja. Es esa emoción de cuando la vida te cambia los planes de golpe. A veces, cuando estamos demasiado encerrados en nuestros propios miedos o en nuestra burbuja, necesitamos ese «huracán» que nos mueva la silla y nos obligue a reaccionar.
Luego está el fuego. El fuego es la pasión, el amor radical. Piensa en esa emoción que te quema por dentro cuando ves una injusticia y dices: «¡Basta!», o cuando quieres tanto a alguien que darías la vida por esa persona. San Luis María de Montfort lo tenía clarísimo: decía que el amor tiene que ser como un fuego que te queme las excusas, el postureo y las falsedades, dejando solamente lo que eres de verdad, tu versión más auténtica.
Y, por último, está eso de hablar nuevas lenguas. Esto no va de sacar un 10 en el First o en cualquier idioma. Va de la necesidad vital de expresarte. Va de la empatía, esa emoción increíble que sientes cuando logras comunicarte con alguien de verdad, de corazón a corazón, y te das cuenta de que te ha entendido sin filtros, aunque seáis personas superdiferentes.
- ¿Alguna vez has necesitado expresar tus emociones usando símbolos? («Me arde el corazón...», «voy a explotar...»).
- ¿Por qué creéis que narraron esta historia de este modo tan sobrenatural?
- ¿Qué parte de la historia te llama más la atención?
Pentecostés nos presenta al Espíritu de Dios como una fuerza que te mueve (el viento), te apasiona (el fuego) y te conecta profundamente con los demás (las lenguas). Piénsalo un momento: si pudieras pedirle hoy a ese Espíritu algo de su fuerza, ¿qué necesitarías más? ¿Un empujón para salir de tu zona de confort, fuego para apasionarte por algo o aprender a comunicarte de verdad con la gente que te rodea? ¿Y si lo intentas con un simple «Ven, Espíritu Santo»? Déjate sorprender.
Que tengas un buen día.

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