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RELATOS DEL MUNDO: Las piedras negras

Foto de Cynthia Diaz

¡Buenos días!
Cuentan que dos amigos decidieron subir juntos a una de las montañas más bonitas de su región. Habían preparado sus mochilas, llevado agua y algo de comida, y estaban deseando llegar a la cima para contemplar el paisaje desde allí.
Nada más comenzar el camino, uno de ellos salió disparado.
—¡Vamos! Si seguimos a este ritmo, llegaremos los primeros.
Su amigo sonrió y trató de seguirle, pero enseguida tuvo que quedarse un poco atrás. Poco después, un excursionista que bajaba por el sendero les pidió un poco de agua. Y, aunque llevaba la botella casi llena, respondió:
—Lo siento, no podemos pararnos. Tenemos prisa. —Y continuó caminando.
En una breve parada, se comió una barrita energética. Sin pensarlo demasiado, dejó caer el envoltorio junto al camino y murmuró:
—Ya lo recogerá alguien, me molesta.
Antes de ponerse en marcha de nuevo, un perro se le acercó tranquilamente, moviendo la cola. El animal parecía querer saludarles, pero el chico lo apartó de malas maneras porque no quería que le ensuciara las zapatillas.
Entonces su amigo, que venía unos metros detrás, observó la escena en silencio.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Claro. Solo quiero llegar arriba.
Pero la realidad es que hacía rato que notaba algo extraño. Su mochila parecía pesar cada vez más. Al principio pensó que sería el cansancio. Después creyó que quizá había metido demasiadas cosas aquella mañana. Pero cada vez le costaba más avanzar. Las piernas le pesaban, los hombros le dolían y hasta respirar parecía más difícil. Y la verdad es que ya no podía más. Sentado bajo un árbol, decidió abrir la mochila y, cuando miró hacia dentro, exclamó:
—¿De dónde han salido estas piedras? ¿Pero cuántas hay?
Su amigo se acercó y miró dentro. La mochila estaba llena de piedras negras de varios tamaños.
—Te juro que no estaban ahí cuando empezamos a caminar.
Entonces recordó. Recordó al excursionista al que no quiso ayudar. Recordó el envoltorio que había tirado al suelo. Recordó cómo había tratado al perro. Recordó también todas las veces que había ido demasiado deprisa sin mirar si su amigo podía seguirle. Y, de repente, comprendió que aquellas piedras no habían aparecido de la nada. Cada una era un reflejo de uno de sus pequeños gestos:
  • Una mala contestación.
  • Un «no es mi problema».
  • Una burla.
  • Una falta de paciencia.
  • Una cosa que sabía que estaba mal y decidió hacer igualmente.
No eran grandes piedras. Ninguna de ellas parecía importante por separado. Pero juntas podían convertir una mochila ligera en una carga imposible.
—¿Y ahora qué hago? —preguntó.
Su amigo se encogió de hombros y dijo:
—Quizá no puedas quitar todas las piedras de golpe. Pero puedes empezar por una.
El chico miró hacia el camino. A unos metros estaba el envoltorio que había tirado. Se levantó, caminó hasta allí, lo recogió y lo guardó en su mochila. Cuando volvió, había una piedra menos en su mochila. Acto seguido, miró a su amigo:
—Perdona por dejarte atrás. ¿Seguimos juntos?
Su amigo sonrió y retomaron el camino. La montaña seguía siendo igual de alta. El camino seguía teniendo curvas y pendientes. Nada se había vuelto mágicamente fácil. Pero la mochila pesaba un poco menos. Lo más importante es que ahora sabía algo que antes no sabía: no siempre podemos evitar equivocarnos, pero sí podemos decidir qué hacemos después de equivocarnos. Descubrió que llegar a la cima no consistía solamente en alcanzar el punto más alto de la montaña, sino en aprender a caminar con menos peso.
  • ¿Qué piedras hay en tu mochila?
  • ¿Alguna vez has pensado que un pequeño gesto «no importa»?
  • Si pudieras sacar hoy una sola piedra de tu mochila, ¿cuál sacarías?

Empezar un curso también significa aprender a mirar cómo caminamos con los demás. No solo importa llegar a la meta; importa cómo tratamos a quienes hacen el camino con nosotros. Quizá hoy no puedas vaciar toda tu mochila, pero puedes sacar una piedra y mañana, otra. Hasta descubrir que caminar juntos, ayudándonos y cuidándonos, hace que el camino hacia la cima sea mucho más bonito. ¿Te atreves a mirar dentro de la mochila para limpiarla?

Que tengas un buen día.

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