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¡Buenos días!
Hoy comentaremos la palabra oscuridad. Una palabra que, de entrada, puede generar cierta inquietud, y es que a menudo se ha relacionado la oscuridad con lo negativo, lo desconocido, lo malo… Y eso puede asustar. Es una palabra que se hace presente en momentos como cuando no tienes ganas de hablar, cuando algo te pesa por dentro pero no sabes muy bien cómo explicarlo. “Oscuridad” también es sinónimo de sentirte perdido pese a tenerlo "todo bien". Es cuando algo te duele y prefieres guardarlo. Es el miedo a no ser suficiente, la duda constante, el sentimiento de soledad aunque estés rodeado de gente. Seguramente todos, de una u otra forma, hemos experimentado alguna de las dimensiones de la oscuridad. Y es que esa oscuridad de la que hablamos no es solo ausencia de luz. Es ausencia de sentido, dirección, esperanza. Es no ver claro hacia dónde vas o quién eres. Y lo fuerte es que muchas veces no viene de fuera, sino de dentro. Nuestras inseguridades, nuestras heridas, nuestros errores, las palabras que no nos atrevemos a pronunciar. Detente un momento y piensa:
- ¿Cuáles son tus oscuridades? Aquellas que probablemente no muestras. Aquellas que solo tú conoces. Aquellas que te acompañan cuando nadie te mira.
Hoy te digo: tranquila, tranquilo, no tengas miedo porque la oscuridad no es el final. Mira, el Adviento no comienza con luces, sino con oscuridad. Con noches largas. Con espera. Con el reconocimiento de que el mundo no es perfecto y que nosotros tampoco lo somos. Y es precisamente aquí donde ocurre algo sorprendente: Dios no espera a que todo esté ordenado, limpio o resuelto para venir, Dios entra en la oscuridad. Navidad no es una historia azucarada; Navidad es una luz que nace de noche, en medio del frío, del silencio, de la fragilidad. Esa noche, en una oscuridad real y concreta, nace Jesús. Y con él, una luz que no deslumbra, pero que ilumina. Una luz que no juzga, pero acompaña. Una luz que desea iluminar cualquier oscuridad, pequeña o grande, desde dentro, a tu lado.
Y quizás celebrar Navidad es eso: atrevernos a no esconder la oscuridad, sino a llevarla a la luz. Entender que no es necesario ser fuertes siempre, ni tenerlo todo claro, ni fingir que todo va bien. La luz de Jesús no llega para tapar, sino para transformar. Para posibilitar un nuevo comienzo. Para recordarnos que ninguna oscuridad es demasiado grande cuando dejamos que sea abrazada por el amor, por esa luz que todo lo ilumina y transforma. Te invito a ser sincero/a contigo mismo/a y preguntarte: ¿qué oscuridad quiero que ese Jesús ilumine estas Navidades? ¿Te atreves a pedírselo?
Que tengas un buen día.

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