¡Buenos días!
Cuentan que en un bosque no muy grande vivía un tejón llamado Bruno. No era el más rápido ni el más fuerte, pero tenía algo especial: siempre caminaba despacio y miraba a su alrededor. Mientras otros animales corrían de un lado a otro, Bruno se detenía a escuchar, a saludar, a acompañar un rato más.
En ese mismo bosque vivía Lila, una ardilla inquieta y llena de energía. Saltaba de rama en rama y siempre tenía mil cosas que hacer. Bruno y Lila se cruzaban casi cada día al amanecer, cuando ella bajaba a buscar nueces y él salía a recorrer los senderos. Al principio solo se saludaban con un gesto, pero con el tiempo empezaron a caminar juntos un tramo. No hablaban de grandes cosas: comentaban el tiempo, los cambios del bosque, alguna anécdota sencilla. Nada extraordinario.
Un otoño especialmente duro llegó al bosque. El viento tiró muchos árboles y el frío apareció antes de lo esperado. Lila perdió varias de sus reservas de comida y, aunque no lo decía, empezó a sentirse cansada y sola. Seguía sonriendo, pero cada vez saltaba menos.
Bruno lo notó. No porque Lila se lo pidiera, sino porque le prestaba atención. Una mañana llegó con unas raíces que había guardado de más y se las dejó cerca, sin hacer ruido. Otro día esperó a que ella bajara y caminó a su lado más despacio de lo habitual. No solucionó el otoño, ni el frío, ni la caída de los árboles. Pero estuvo a su lado.
Pasaron las semanas y Bruno enfermó. El cansancio acumulado le pesaba y sus paseos se hicieron más cortos. Esta vez fue Lila quien lo notó. Empezó a bajar antes al amanecer para esperarlo, le traía pequeñas nueces, se quedaba en silencio a su lado cuando no había ganas de hablar.
Cuando llegó la primavera, el bosque volvió a llenarse de vida. Un día, sentados bajo un árbol, Lila rompió el silencio y dijo: “Gracias por no desaparecer cuando no sabía cómo pedir ayuda”. Bruno sonrió y respondió: “Gracias por quedarte cuando pensé que tenía que poder solo”.
Desde entonces, siguieron caminando juntos. A veces hablando, a veces en silencio. Ambos compartían un regalo en su corazón: el bosque era más llevadero cuando no lo atravesaban solos.
- ¿Te resulta más fácil ayudar o dejarte ayudar? ¿Por qué?
- ¿Eres agradecido/a con las personas que te rodean y te cuidan aunque sea con una simple sonrisa?
La historia de Bruno y Lila nos recuerda que la amistad no siempre salva el día, sin embargo, muchas veces salva el camino. No elimina los problemas, pero los hace más llevaderos. Vivimos en una cultura que nos empuja a poder solos, a no necesitar a nadie, y, sin embargo, seguimos siendo profundamente seres sociales que necesitan de otra persona. Necesitamos miradas que se den cuenta, presencias que no huyan, personas que permanezcan incluso cuando no saben qué decir. Personas que quieran amar en todo momento. Y lo sorprendente de todo esto es que tú también puedes ser esa persona. Te invito a escuchar la voz que hay en tu interior y preguntarle: ¿Deseas amar y que te amen así? Como creyente estoy convencido de que la respuesta es sí; sí que puedes amar así y sí que quieres ser amado/a así. Solo falta que tú lo veas y lo creas.
Que tengas un buen día.
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